¿Apóstol por vocación o apóstol por profesión?

En nuestros días, se oye mucho el sustantivo apóstol con frecuencia, y es la moda contemporánea de muchos ministros de atribuirse este rótulo, por encima de llamarse pastor, reverendo, obispo, etc., pero vayamos al sentido etimológico de la palabra apóstol (apostéllo) en el ámbito griego-helenístico es una palabra compuesta de “stéllo” que traduce colocar, preparar, disponer y la preposición “apo” que significa aparte, lejos, de vuelta y apostéllo significa enviar (tanto personas como cosas), despachar (también despedir), remitir; con frecuencia, cuando se delega a uno para un encargo determinado, se hace resaltar especialmente la finalidad de la misión.

El adjetivo verbal “apóstolos” derivado de “apostéllo” y usado más tarde como sustantivo se encuentra en primer término en el lenguaje naval y significa flete, expedición naval; de aquí pasó a significar el jefe de la expedición, o la tropa de colonos enviada y, en algunos casos, incluso el salvoconducto o pasaporte. Flavio Josefo, escritor judío en su libro Antigüedades Judías, se encuentra para designar un grupo como embajada (de los judíos a Roma). En todos estos usos es común: a) la delegación expresa; b) el que se vaya por vía marítima, lo cual limita notablemente en el sustantivo la significación fundamental de la palabra.

En la Septuaginta (LXX) entienden el contenido de apostéllo y de las formas de él derivadas no como la investidura de alguien en un cargo oficial, sino funcionalmente, como un encargo con una misión concreta y bien determinada. En el judaísmo rabínico, en tiempo de Jesús, existía la función del enviado (del hebreo saliah), que traía su origen del antiguo derecho semítico del mensajero. El saliah es el representante directo de quien le envía y puede actuar en representación suya de manera autoritativa y está obligado a estricta obediencia y debe actuar en todos los asuntos de la manera que redunde en mayor beneficio de quien le envía. El apóstol no es más que “doulos” (siervo: Rom 1:1; Flp 1:1; 2a Cor 4:5) obligado a obedecer (Gál 1:10; 1a Tes 2:4,6). El mensajero se convierte en representante del que le encomienda la misión. Esta expresión no significa un oficio continuado, sino que designa el ejercicio de una función que viene delimitada real y temporalmente por una tarea precisa y que, por consiguiente, cesa, cuando se ha cumplido.

Todo estudiante serio de las ciencias religiosas entiende que las cartas paulinas fueron la fuente más antigua para informarnos sobre el uso técnico del concepto neotestamentario de apóstol. Para conocer el pensamiento paulino sobre el oficio apostólico son de importancia los siguientes criterios:
• La vocación y la misión para el apostolado no provienen de los hombres, sino de Jesucristo y de Dios (Gál 1:1; Rom 1:5; 1a y 2a Cor 1:1) en un encuentro con el resucitado (1a Cor 15:7; Gál 1.16).
• Los apóstoles fueron enviados en un principio de dos en dos (Gál 2:1,9; Mc 6:7; Lc 10:1; Hech 15:36ss); les acompañan milagros y signos especiales (Rom 15:19; 2a Cor 11:12). Su tarea es principalmente la predicación no el bautismo (1a Cor 1:17).
• Al oficio apostólico pertenece inseparablemente el sufrimiento (1a Cor 4:9ss; 15:30ss; 2a Cor 4:7ss; 11:23ss).
• Al igual que los profetas, el apóstol posee una penetración especial del misterio de Cristo (1a Cor 4:1; Ef 3;1-6).
• Pero Pablo no ofrece ningún indicio de que el apóstol por su singular posición por ejemplo: modelo (1a Cor 4:16; Flp 3:17) sea levantado por encima de la comunidad o goce de una distinción especial entre los demás carismáticos (1a Cor 12:25; Ef 4:11; Rom 1:11s); más bien sirven estos carismas especiales para el cumplimiento de determinadas funciones de la comunidad. Su autoridad no se funda en una cualidad propia (2a Cor 3:5), sino en el mismo evangelio, es decir, en la fuerza de convicción y verdad del mensaje.
• Pablo “como último” entre los apóstoles se ha encontrado con el resucitado (1a Cor 15:1ss). Por lo mismo, según él –si es que se ha de entender “último” en sentido absoluto- ya no es posible una continuación del oficio apostólico por nuevos llamamientos.

El mismo Jesús reunió discípulos (esta palabra no se limita aquí a los doce) y después de cierto tiempo de enseñanza y aprendizaje los constituyó apóstoles por medio de la misión (Mt 10:2ss; Mc 6:7ss; Lc 9:10) y los hizo sus activos colaboradores. El apostolado no puede, por tanto, en sus orígenes entenderse como oficio, sino como tarea, como mandato, “y precisamente en el sentido de una autorización limitada local y temporalmente, condicionada a la cosa en sí, y no a la persona, como acontece en el concepto judío del saliah”.

Jesús en su tiempo vivió y comprendió como el clero judío sacaba provecho y ventaja sobre el resto del pueblo con pertenecer a la jerarquía, precisamente, él vino a demostrar lo contrario poniéndose como ejemplo en especial en el servicio a los demás (Lc 22:24-27), una cosa es ponerse al servicio de los seres humanos y otra el servirse de los seres humanos, hoy se ve que a estos apóstoles modernos ellos no vienen a servir, sino a servirse de los demás.

Por consiguiente, en la comunidad de Jesús no puede haber ni ambición ni deseo de poder o dominación. Por eso Jesús prohíbe a los suyos la utilización de títulos honoríficos. Y así, “padre”, “abad”, “papá” (es la misma palabra en tres lenguas distintas) están prohibidos en Mt 23:9; "maestro", prohibido en Mt 23:8; "doctor", en Mt 23:10; "señor", y lógicamente también "monseñor", en Lc 22:25; "excelencia" y "eminencia" no cuadran con Mt 20:26-27; 23:11; Mc 9:35; 10:43-44; Lc 22:25-26; Jn 15:13-15. Por el contrario, en la comunidad, dice Jesús, "todos son hermanos" (Mt 23:8) y "el más grande de ustedes será servidor de ustedes" (Mt 23:11). De ahí que en el grupo cristiano tiene que reinar la más absoluta igualdad, hasta el punto que ni siquiera Jesús se comporta como "Señor" (Jn 13:13) y llama a los discípulos "amigos" (Lc 12:4; Jn 15:15) y "hermanos" (Mt 28:10; Jn 20:17). Se trata de la igualdad absoluta, de la que luego Pablo va a hablar en términos elocuentes (1a Cor 3:21-23; Rom 14:7-9; Gál 3:27; Col 3:11).

ARTURO RAFAEL REAL PERALTA
Licenciado en Ciencias Religiosas
Pontificia Universidad Javeriana
arpe60@gmail.com

BIBLIOGRAFÍA
BALZ, Horst y SCHNEIDER, Gerhard. Diccionario exégetico del Nuevo Testamento. Vol. I. Sígueme. Salamanca, 1995.
COENEN, Lothar et al. Diccionario teológico del Nuevo Testamento. Vol. I. Segunda edición. Sígueme. Salamanca, 1985.
HARRISON, Everett et al. Diccionario de teología. Cuarta edición en castellano. T.E.L.L.1993.